22º de latitud norte y 80º de longitud oeste

Recordando aquellas pequeñas cosas,
cerró los ojos y se echó hacia atrás en su asiento.
Permaneció así durante largo rato,
y cuando volvió a ponerse en pie
y miró por la ventanilla,
había desaparecido ya el pueblo…
SHERWOOD ANDERSON
El Paradero de Camarones está entre los 22º de latitud norte y 80º de longitud oeste. Su altura sobre el nivel del mar no sobrepasa los 85 metros y su temperatura media anual es de unos 23,7º C. Contando los chubascos y algún que otro lloviznaso, las precipitaciones no exceden los 1,500 mm al año. Su nombre jamás aparece en los mapas, pero no es difícil de localizar. Está justo en el punto donde se unen el ramal Cumanayagua con la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Del ramal lo único que queda son las armazones de los puentes, pero en los mapas aún se le señala. Gracias a ese anacronismo todavía se distingue el sitio exacto de la Estación. Camarones no tiene costa, es más, ni siquiera tiene río, apenas una cañada que sólo corre cuando pasan los ciclones.
En un principio no era un pueblo, sino un páramo donde los trenes se detenían para dejar a los viajeros de San Fernando de Camarones. De ahí su nombre claro y sin presunción. En casi dos siglos de existencia, el Paradero no ha logrado ser mucho más de lo que fue siempre: un kilómetro y medio de calle principal, poco más de trescientas casas, una iglesia, un bar, un cine, una tienda, dos granjas avícolas y llanuras sembradas de cañaverales por todas partes.
Por lo general las madrugadas son frescas, pero poco antes del mediodía el olor del alquitrán de la línea empieza a hervir a la altura de los ojos. A partir de ese momento, el resistero del sol lo es todo. La hora oficial del pueblo no guarda ninguna relación con el meridiano de Greenwich. Todos allí se rigen por la llegada de dos trenes. La salida del sol ocurre siempre a las 5:20 de la madrugada, cuando el primer tren de viajeros pasa en dirección a Santa Clara. La noche llega a las 6:51 de la tarde, con el paso del último rumbo a Cienfuegos. Si cualquiera de esos trenes se retrasa o es cancelado, el tiempo en Camarones se vuelve confuso, incierto.
Muchos ciclones han asolado al pueblo desde su dudosa fundación hasta el domingo 4 de noviembre de 2001, fecha en que Michelle, el último en pasar por allí hasta ahora, tumbó la mata de aguacates que sembró Aurelio Yero, mi abuelo, cuando lo nombraron Jefe de Estación. Según datos que he podido recopilar, viendo reportes y cartografías, Michelle azotó al Paradero de Camarones alrededor de las diez de la noche, cuando su centro se localizaba en las proximidades de Santa Isabel de las Lajas y sus vientos máximos eran de 175 kilómetros por hora. Sin ese árbol se hace más difícil alcanzar el techo de la Estación. Desde allá arriba, se podía recorrer con la vista el pueblo entero y buscar sus salidas en todas las direcciones. Los trenes se veían venir desde muy lejos y, si el día estaba claro, eran visibles aún más allá de la línea del horizonte.
Cuando se nace en Praga, en Lisboa o en Dublín, se tienen grandes historias que contar. Cientos de personajes con toda una vida por detrás se cruzan con uno a cualquier hora, en cualquier calle. Los sujetos del Paradero de Camarones son gente común y corriente. Muy pocas cosas han logrado soliviantar sus vidas rutinarias. No recuerdo un suceso en el mundo que hiciera cambiar el curso de las cosas en el bar Arelita, en la barbería de Felipe Marín o en la tienda de Chena. Por eso casi todos los hechos que se cuentan aquí apenas llaman la atención, tampoco sus personajes. Éramos poco menos de mil individuos –entre ancianos, hombres, mujeres y niños–, que le decíamos adiós a todos los que nos miraban desde las ventanillas de los trenes.
Debo repetirlo. Ninguno jamás tuvo nada de extraordinario, pero eran los míos y por eso los cuento.


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