Un día sin nombre

Ayer no tuvo nombre. Desde que Atlántida tiene la enfermedad de la mala memoria sólo se acuerda del Día de los Fieles Difuntos. Pero, según ella misma, antiguamente todos los santos tenían un día y había uno que era para todos a la vez. Marcados con cruces de lápiz de tinta, los días de aquellos años pasaban con una lentitud inimaginable. Tenían muchísimas horas, sobre todo por las tardes, que daban tiempo a dormir una siesta, a leer un periódico entero y a colar dos veces café.
–En esta casa siempre tuvimos un motivo para tener una vela encendida –dice Atlántida con la vista fija en ese lugar que ella mira cuando no mira a ninguna parte–. Antes los días tenían su santo escrito debajo del número.
Pero eso se acabó. Como se acabaron las guayaberas de Lino Irlandés, las salchichas Escudo, las especias McCormick, el arroz Uncle Ben’s, la pasta Gravi, el Orange Cruch, el circo Santos y Artigas, el bacalao de Noruega, el café Bustello, el vino Mosteiro, la emulsión de Scott y la fiesta de La Candelaria. Ahora en los almanaques los días sólo tienen una cifra, sin más ornamentos ni evocaciones. El 1 de enero, el 1 de mayo, el 26 de julio y el 10 de octubre vienen en rojo; el resto en blanco y negro. No hace falta que se les pongan nada más, ni siquiera las fases de la luna.
Mi abuela jura y perjura que tantos y tantos días se le ha olvidado. Cientos de celebraciones se le han ido de la cabeza y para decirlo se pasa las manos por la frente, como si quisiera asir los pocos recuerdos que le quedan. Pero lo cierto que es que la memoria ahora sólo le alcanza para las cosas de Aurelio y para adivinar el nombre de los danzones que pasan en la radio.
–Ese es “Isora Club”. Oye, “Rapsodia en azul”. Ahí va “Central Constancia”. Ese otro es “Pickin Chicken”. Ahora “Los 11 jóvenes de la antorcha”. Ah, “Unión Cienfueguera”. ¿Éste no es “Pueblo Nuevo”? Oye eso, “El bombín de Barreto”. Hace más de diez años que no ponían “El sargento Monar”. Oye eso, viejo, oye eso, ¿te acuerdas de “Corta la caña”? ¡Al fin, “El cadete constitucional”!
En las estaciones de San Fernando, San Andrés y San Juan siempre hubo velas encendidas. Pero cuando vinieron a vivir a la de Camarones ya la Revolución había triunfado y no trajeron ni los candelabros. Por suerte Fidel les intervino los días a los santos. No puedo pensar en la casa llena de humo y en nosotros caminando a ciegas, tropezando con los ojos de esos beatos, que lo ven todo y que van detrás de uno a todas partes con sus túnicas blancas y sus barbas llenas de polvo.
Menos mal que ayer no tuvo nombre, que fue un día como otro cualquiera. Por eso pasaron las mismas cosas que suceden siempre; llueva, truene o relampaguee.


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