Sunday, August 20, 2006

Isabela de Sagua


Imitación de R. F. Burton, con dos líneas de Reinaldo Arenas

La Estación de Isabela de Sagua tiene un cartel donde dice que el pueblo se llama Concha. En casi dos siglos nadie corrigió el equívoco. Sólo Eloy Aparicio, el antiguo Jefe de Estación, se preocupaba de advertir a los viajeros.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Le gritaba a los recién llegados–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
Aparicio se jubiló al cumplir los setenta años. Tenía sacro lumbalgia y los médicos le indicaron reposo. Pero no pudo dejar de correr al andén cada vez que oía al tren pitando por las salinas. Tres veces al día el pequeño anciano cumplía rigurosamente con aquella misión que nadie le había asignado.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Gritaba con puntualidad, sin importar aguaceros o frentes fríos–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
En octubre pasado un ciclón destruyó lo poco que quedaba de la Venecia de Cuba. Las ruinas de las inmensas casas de maderas que aún se sostenían por los canales del pantanoso lugar, fueron arrastradas con facilidad por los fuertes vientos. El pueblo, que carecía de plataforma, se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros. Aparicio fue uno de los pocos que logró sobrevivir. Se levantó en cuanto aclaró el día. Con un par de vistazos a su alrededor pudo comprobar que ya no le quedaba nada en este mundo. Pero aún así, no pudo resistir la tentación de correr cuando oyó, vago, perdido en el cielo todavía lleno de nubes, el primer pitazo.
–¡Vuelvan! ¡No han llegado a ninguna parte! –Le gritó a los pocos que llegaron–. ¡Aquí no queda ni Concha, ni Isabela de Sagua!

Saturday, August 19, 2006

Un día sin nombre


Ayer no tuvo nombre. Desde que Atlántida tiene la enfermedad de la mala memoria sólo se acuerda del Día de los Fieles Difuntos. Pero, según ella misma, antiguamente todos los santos tenían un día y había uno que era para todos a la vez. Marcados con cruces de lápiz de tinta, los días de aquellos años pasaban con una lentitud inimaginable. Tenían muchísimas horas, sobre todo por las tardes, que daban tiempo a dormir una siesta, a leer un periódico entero y a colar dos veces café.
–En esta casa siempre tuvimos un motivo para tener una vela encendida –dice Atlántida con la vista fija en ese lugar que ella mira cuando no mira a ninguna parte–. Antes los días tenían su santo escrito debajo del número.
Pero eso se acabó. Como se acabaron las guayaberas de Lino Irlandés, las salchichas Escudo, las especias McCormick, el arroz Uncle Ben’s, la pasta Gravi, el Orange Cruch, el circo Santos y Artigas, el bacalao de Noruega, el café Bustello, el vino Mosteiro, la emulsión de Scott y la fiesta de La Candelaria. Ahora en los almanaques los días sólo tienen una cifra, sin más ornamentos ni evocaciones. El 1 de enero, el 1 de mayo, el 26 de julio y el 10 de octubre vienen en rojo; el resto en blanco y negro. No hace falta que se les pongan nada más, ni siquiera las fases de la luna.
Mi abuela jura y perjura que tantos y tantos días se le ha olvidado. Cientos de celebraciones se le han ido de la cabeza y para decirlo se pasa las manos por la frente, como si quisiera asir los pocos recuerdos que le quedan. Pero lo cierto que es que la memoria ahora sólo le alcanza para las cosas de Aurelio y para adivinar el nombre de los danzones que pasan en la radio.
–Ese es “Isora Club”. Oye, “Rapsodia en azul”. Ahí va “Central Constancia”. Ese otro es “Pickin Chicken”. Ahora “Los 11 jóvenes de la antorcha”. Ah, “Unión Cienfueguera”. ¿Éste no es “Pueblo Nuevo”? Oye eso, “El bombín de Barreto”. Hace más de diez años que no ponían “El sargento Monar”. Oye eso, viejo, oye eso, ¿te acuerdas de “Corta la caña”? ¡Al fin, “El cadete constitucional”!
En las estaciones de San Fernando, San Andrés y San Juan siempre hubo velas encendidas. Pero cuando vinieron a vivir a la de Camarones ya la Revolución había triunfado y no trajeron ni los candelabros. Por suerte Fidel les intervino los días a los santos. No puedo pensar en la casa llena de humo y en nosotros caminando a ciegas, tropezando con los ojos de esos beatos, que lo ven todo y que van detrás de uno a todas partes con sus túnicas blancas y sus barbas llenas de polvo.
Menos mal que ayer no tuvo nombre, que fue un día como otro cualquiera. Por eso pasaron las mismas cosas que suceden siempre; llueva, truene o relampaguee.

22º de latitud norte y 80º de longitud oeste


Recordando aquellas pequeñas cosas,
cerró los ojos y se echó hacia atrás en su asiento.
Permaneció así durante largo rato,
y cuando volvió a ponerse en pie
y miró por la ventanilla,
había desaparecido ya el pueblo…
SHERWOOD ANDERSON


El Paradero de Camarones está entre los 22º de latitud norte y 80º de longitud oeste. Su altura sobre el nivel del mar no sobrepasa los 85 metros y su temperatura media anual es de unos 23,7º C. Contando los chubascos y algún que otro lloviznaso, las precipitaciones no exceden los 1,500 mm al año. Su nombre jamás aparece en los mapas, pero no es difícil de localizar. Está justo en el punto donde se unen el ramal Cumanayagua con la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Del ramal lo único que queda son las armazones de los puentes, pero en los mapas aún se le señala. Gracias a ese anacronismo todavía se distingue el sitio exacto de la Estación. Camarones no tiene costa, es más, ni siquiera tiene río, apenas una cañada que sólo corre cuando pasan los ciclones.
En un principio no era un pueblo, sino un páramo donde los trenes se detenían para dejar a los viajeros de San Fernando de Camarones. De ahí su nombre claro y sin presunción. En casi dos siglos de existencia, el Paradero no ha logrado ser mucho más de lo que fue siempre: un kilómetro y medio de calle principal, poco más de trescientas casas, una iglesia, un bar, un cine, una tienda, dos granjas avícolas y llanuras sembradas de cañaverales por todas partes.
Por lo general las madrugadas son frescas, pero poco antes del mediodía el olor del alquitrán de la línea empieza a hervir a la altura de los ojos. A partir de ese momento, el resistero del sol lo es todo. La hora oficial del pueblo no guarda ninguna relación con el meridiano de Greenwich. Todos allí se rigen por la llegada de dos trenes. La salida del sol ocurre siempre a las 5:20 de la madrugada, cuando el primer tren de viajeros pasa en dirección a Santa Clara. La noche llega a las 6:51 de la tarde, con el paso del último rumbo a Cienfuegos. Si cualquiera de esos trenes se retrasa o es cancelado, el tiempo en Camarones se vuelve confuso, incierto.
Muchos ciclones han asolado al pueblo desde su dudosa fundación hasta el domingo 4 de noviembre de 2001, fecha en que Michelle, el último en pasar por allí hasta ahora, tumbó la mata de aguacates que sembró Aurelio Yero, mi abuelo, cuando lo nombraron Jefe de Estación. Según datos que he podido recopilar, viendo reportes y cartografías, Michelle azotó al Paradero de Camarones alrededor de las diez de la noche, cuando su centro se localizaba en las proximidades de Santa Isabel de las Lajas y sus vientos máximos eran de 175 kilómetros por hora. Sin ese árbol se hace más difícil alcanzar el techo de la Estación. Desde allá arriba, se podía recorrer con la vista el pueblo entero y buscar sus salidas en todas las direcciones. Los trenes se veían venir desde muy lejos y, si el día estaba claro, eran visibles aún más allá de la línea del horizonte.
Cuando se nace en Praga, en Lisboa o en Dublín, se tienen grandes historias que contar. Cientos de personajes con toda una vida por detrás se cruzan con uno a cualquier hora, en cualquier calle. Los sujetos del Paradero de Camarones son gente común y corriente. Muy pocas cosas han logrado soliviantar sus vidas rutinarias. No recuerdo un suceso en el mundo que hiciera cambiar el curso de las cosas en el bar Arelita, en la barbería de Felipe Marín o en la tienda de Chena. Por eso casi todos los hechos que se cuentan aquí apenas llaman la atención, tampoco sus personajes. Éramos poco menos de mil individuos –entre ancianos, hombres, mujeres y niños–, que le decíamos adiós a todos los que nos miraban desde las ventanillas de los trenes.
Debo repetirlo. Ninguno jamás tuvo nada de extraordinario, pero eran los míos y por eso los cuento.