Saturday, November 04, 2006

El tren de las once

Por lo regular, el tren de las once suele pasar a las once.
A las 10:59 se oye el primer pitazo. Un zumbido, parecido al que hacen los barcos, lo estremece todo. La locomotora es una M62, pero los ferroviarios le dicen “Melón”. La forma cilíndrica de la máquina y su color carmesí, que recuerda la masa jugosa de la sandía, es suficiente para que tenga nombre de fruta y no de artefacto. Entre 1974 y 1975 arribaron a los puertos de Cuba 20 melones. La inmensa mayoría fueron construidos en Woroschilowgrad, un punto al este de Ucrania que jamás aparece en los mapas. El destino original de las máquinas era arrastrar el tren de La Habana a Santiago. Pero las altas temperaturas del trópico y el exceso de trabajo hicieron que dos máquinas se incendiaran a mitad de camino. Las 18 locomotoras que sobrevivieron fueron relegadas a la terminal de Cienfuegos. Desde entonces, laboran en trayectos de corta distancia por la región central de la Isla. La 61620 le fue asignada al tren de las once.
El melón y sus tres vagones tienen la longitud exacta del andén de Camarones. Cada vez que el tren se detiene, la abatida máquina arroja chorros de aceite requemado y un gas fuliginoso que lo empaña todo. La parada reglamentaria es de dos minutos, pero jamás se cumple. 120 segundos es muy poco tiempo. El guardafrenos, el único miembro de la tripulación que se baja en el Paradero de Camarones, necesita al menos de tres minutos para hacer la señal de aplicar los frenos, ayudarle a la señora del vestido azul a bajar los cuatro escalones del estribo, saludar al Jefe de Estación con una palmada en el hombro y esperar porque el mensajero haga sus despachos. Sin que el guardafrenos lo note, el Jefe de Estación suele mirarse de soslayo la parte de la camisa donde cae la mano seguramente sucia del recién llegado. Es un gesto mecánico, inevitable.
Nadie en el pueblo sabe el nombre de la señora del vestido azul, tampoco cómo es capaz de llegar siempre sin que se le vea irse. Una mujer de su edad suele llevar una cartera o al menos un pequeño monedero. Pero la señora del vestido azul anda con las manos vacías, lo cual la hace del todo incomprensible. Con una mano se sujeta del pasamano. La otra se la ofrece con cierta displicencia al guardafrenos. En lo que eso sucede, el conductor de expreso baja las latas de la próxima película que se verá en el cine Justo y sube al vagón del equipaje la última que se vio.
–¿Qué nos han mandado esta vez? –Pregunta Rufino, el empleado del cine.
–Una de esas que no hay quién entienda –le responde el mensajero.
Una mímica muy parecida a la que se usa para decir adiós es la señal que le hace el guardafrenos para que de dos pitazos y reanude la marcha. En el trayecto hacia la próxima estación el tren suele recuperar el minuto de atraso.
Por lo regular, el tren de las once suele pasar a las once. Pero ya son las cuatro de la tarde y aún no se ha escuchado el primer pitazo. Una multitud contrariada se ha congregado a ambos lados de la vía. En un extremo del andén, el empleado del cine permanece sentado sobre la carretilla donde carga las películas. A lo lejos se ve venir una mancha. Ahora que está más cerca se empieza a distinguir la mujer del vestido azul. Pasa con las manos vacías, sin saludar a nadie. El Jefe de Estación se mira de soslayo la parte de la camisa donde siempre cae la mano seguramente sucia del guardafrenos. Es un gesto mecánico, inevitable.

1 Comments:

Blogger EL PACIENTE BIPOLAR said...

Minimalismo total y exquisito en tu post.

4:32 PM  

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