La hora del pan
En el Paradero de Camarones sólo hay dos tiendas. Una tiene el color de la paja seca y la otra es gris, como las tardes de lluvia. Dentro de la ocre, que es la más grande, hay un largo mostrador que huele a cedro húmedo y tres carteles que la dividen. El de la izquierda dice “Víveres” y debajo de él están los hermanos Ciro y Juan José Monzoña. Son casi idénticos y no paran de llenar cartuchos con arroz, lentejas, frijoles, maicena, azúcar prieta, azúcar blanca, café o cualquier otra cosa que venga en el camión de la Oficoda (Oficina de Control de Abastecimientos). Nada, ni siquiera un cuarto de libra de sal, puede venderse por la libre; para todo hay que presentar la Libreta de Abastecimientos y probar que la casilla correspondiente al mes en curso no tiene una cruz encima. El cartel del medio dice todavía “INRA” (antiguo Instituto Nacional de la Reforma Agraria) y está rodeado por latas de carne rusa, machetes polacos, faroles chinos y otros enseres que sólo se les venden a los macheteros voluntarios. El cartel de la derecha ya no dice nada, hace tiempo lo rellenaron de blanco para volverlo a pintar y así se quedó. Desde allí, Blanca Llerena mira por un espejo lo que pasa en el pueblo. Mientras las mujeres estiran los brazos para medir los mismos cortes de tela de siempre, Blanca vigila inmóvil, como un ave de presa. En el mostrador, debajo de un cristal hecho trizas, sólo hay lápices de Batabanó, pachangas de carnaval y perfumes con un paisaje de Moscú pintado en la etiqueta.–Lo peor de este pueblo –dijo Pepe el Sordo una vez– es que todas las mujeres huelen igual.
Ciro Monzoña siempre lleva un pedazo de hierba seca en la boca y Juan José silba sin parar “Tribilín cantore”. Los dos usan guapitas de lienzo con adornos de guinga y comparten el mismo par de espejuelos, sólo que Ciro los usa para mirar de cerca y Juan José de lejos. Los jueves, que es el día del café, Ciro pone encima del mostrador una pequeña balanza y hace paquetes de dos o cuatro onzas, después le presta los espejuelos a su hermano para que haga las cruces en las libretas de abastecimiento.
La tienda que ya no tiene color fue de Chena hasta que se la intervinieron, es más chiquita y más fea que la otra, pero tiene un Frigidaire enorme lleno de anuncios de cosas que ya no existen y un barril lleno de arenque ahumado para los macheteros voluntarios. Todos los días, a la hora del pan, Aurelio cierra el salón de espera de la Estación y descuelga una jaba que hay en la pared de la cocina. Comprueba que la libreta de abastecimiento está dentro y sale por la puerta del andén con cuarenta y siete centavos en los bolsillos.
–Voy a buscar el pan –dice, aunque sabe que nadie le oye.
Sin perder el paso, avanza por la carreterita, cruza la línea principal y el apartadero, pasa por delante de la escuela, atraviesa la carretera, saluda con el brazo a Felipe Marín y a los que estén dentro de la barbería, le dice adiós a su prima Lela y mira de reojo la cartelera del cine Justo. Si hay alguien en el portal, pregunta sobre la posibilidad de un temporal y sigue de largo. Cuando llega a la tienda pide el último y abre la libreta en la hoja del pan. Si Chena está en la trastienda y oye su voz, se asoma, lo saluda con una estruendosa carcajada, le corta los tres cuartos de la barra de pan y le cobra los siete centavos. Pero si no está, mi abuelo se molesta y maldice, porque La Rumba, la dependienta del pelo pintado de negro, siempre tiene las manos sudadas y huele a luz brillante.
–En mayo está libreta será un asco –dice cada vez que La Rumba le despacha el pan–, esa mujercita nunca se lava las manos.
De regreso a la casa Aurelio entra al bar Arelita, que fue de su hermano Roberto hasta que se lo intervinieron, y pide un doble de Matusalén.
–Ya nada es igual –dice–, ni siquiera el Matusalén.
Hace mucho tiempo que el Matusalén no es Matusalén. En el bar Arelita sólo se vende ron refino a granel envasado en viejas botellas. Pero Aurelio simula no saberlo y pide su trago de siempre. Florián el Zapatero, para complacerlo en algo, busca entre las botellas la única que queda con la etiqueta de Matusalén.
–Este ron acaba de llegar –dice Florián componiéndose un lazo de pana que lleva ajustado al cuello–, mírelo, está menos turbio.
–El de ayer tenía un tufo horrible –dice Aurelio con la vista fija en la etiqueta casi ilegible.
–Todo depende del lugar donde lo hagan.
–Ah, ya entiendo.
–El mejor es el que hacen en Cienfuegos, en la antigua destilería del ron Jagua.
Florián el Zapatero no mide el trago de Aurelio, sirve sin mirar y hasta que el vaso se desborda. Luego se compone otra vez el lazo y deja entrever un gesto que puede entenderse como una sonrisa.
El Jefe de Estación se bebe el trago de un golpe, llevando la cabeza hacia atrás, como si se tratara de un purgante o algo de muy mal sabor. y le extiende cuarenta centavos al dependiente.
–Ya nada es igual.
–Ya nada es igual, Aurelio –responde Florián y da la espalda–, ya nada es igual.


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